Reflexion sobre el evangelio del domingo XI del tiempo ordinario

1. Los textos bíblicos de hoy exigen una decisión de nosotros, porque nos muestran dos alternativas: la actitud o mentalidad del hombre viejo y del hombre nuevo.
El hombre viejo es el hombre de la ley y, lo encontramos en el fariseo del evangelio.
El hombre nuevo u hombre pascual es el hombre del amor se nos presenta en la pecadora del Evangelio.

2. El hombre viejo es el hombre de la ley.
A partir de la ley de Moisés, los fariseos han inventado un catálogo de prácticas y prohibiciones. Es tan ingenioso que basta con respetarlo para estar en regla con Dios.
No interesa ya que el corazón esté endurecido, ni la fe apagada. Lo único importante son los gestos y ritos. Así la fidelidad a la letra hace olvidar el espíritu de la ley.

En consecuencia, la actitud del fariseo es la de soberbia, de autocomplacencia y de desprecio hacia los demás. Él no necesita a Dios, ni su misericordia ni su justificación. Porque él se cree limpio de todo pecado y se da como justificado por el mérito de sus buenas obras propias. Y así queda ante Dios como pecador que no es perdonado.

3. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?
Me parece que quiere llamar nuestra atención sobre un peligro inherente de la vida cristiana: el formalismo, el legalismo, la rutina religiosa.

Es el peligro de toda religión: realizar fiestas y ritos, pero sin cambiar en nada la vida de cada día, sin cambiar en nada la actitud frente a Dios y a los demás.

Así es como el cristianismo muere. El mayor enemigo de la Iglesia no es el odio, ni la persecución. Al contrario, estas adversidades son un estímulo y una ocasión para renovarnos. Tampoco lo es el pecado, porque todo pecado puede convertirse en una falta bendita, gracias al arrepentimiento y el perdón.

El mayor enemigo del cristianismo es la rutina. Ella se insinúa sin que nos demos cuenta. Es ella la que reseca el corazón y corrompe los mejores anhelos. La rutina nos hace rezar sin respeto, nos hace asistir a misa sin gozo, sin acción de gracias y sin provecho. Nos hace venir a la Iglesia con el corazón cerrado y nos obliga a marcharnos tal como hemos llegado.

4. Sin embargo, creemos que estamos asegurando nuestra salvación yendo a misa todos los domingos. Pero de nada nos sirve el haber asistido a misa, si al salir no ha cambiado nada en nuestro corazón, en nuestra conducta, en nuestras costumbres.

¿Para qué comulgar con el Cuerpo de Cristo y encontrarse en Él con todos sus miembros, nuestros hermanos, si al salir quedamos guardando rencor contra uno de ellos, si no nos amamos un poco más que antes, si no nos sentimos más cerca unos de otros?

5. El hombre nuevo es el hombre del amor. Lo encontramos en la pecadora del Evangelio. Ella se sabe pecadora y se reconoce como tal ante Jesús. Y por su gran amor el Señor le perdona: Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

Vivir el amor, no cumplir la ley, es la característica del hombre nuevo. (La ley es la frontera: el amor es el horizonte de la vida cristiana)

San Agustín lo expresa en forma concisa: ¡Ama y haz lo que quieras! Pues, el que ama, solo puede querer el bien. El amor le basta. El amor le es todo.

6. ¿Pero, sabemos nosotros realmente amar? Muchas veces creemos amar, y no hacemos más que amarnos a nosotros mismos. ¿En qué consiste, entonces, el auténtico amor?

Amor, en su esencia, es entregarse al otro y a los otros. Amor, en primer lugar, no es sentir, no es un paso instintivo, sino la decisión de nuestra voluntad de ir hacia los demás y entregarnos a ellos.

El amor es un camino con dirección única: parte siempre de mí para ir a los demás. Cada vez que tomo en posesión algo o a alguien para mí, dejo de amar, pues dejo de dar. Camino a contramano.

Más ama, quien más se da. Si queremos amar sin límites, hemos de estar dispuestos a dar nuestra vida, a favor del otro y de los otros. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, nos dice Jesús en sus despedidas (Jn 15, 13)

7. Queridos hermanos, si queremos ser perdonados, ahora y al final de nuestra vida, debemos amar. Pidamos por eso, a Jesucristo, que encienda en nuestro corazón este fuego del amor que hace auténtica y grande nuestra existencia igual que la suya.

¡Que así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolas Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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